Un matador vino a verme

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La figura de Marcos Márquez como jugador de la UD guarda un hueco especial en la memoria de los aficionados a pesar de formar parte de un espacio de transición en la historia amarilla. Sus goles ya forman parte del recuerdo en el Estadio de Gran Canaria y en noches como la del 2 de diciembre de 2006 la leyenda del matador siguió gestándose a costa de un Alavés que no supo pararle a tiempo.

El Alavés vuelve al Estadio de Gran Canaria veintidós meses después de su última visita y lo hace con la tranquilidad que da el haber certificado ya su presencia en Primera División la próxima temporada. Su triunfo del pasado lunes ante el Villarreal ha hecho que las matemáticas le den las razones suficientes para que, en su año de regreso a la máxima categoría del fútbol español, hayan cumplido de sobra con los objetivos propuestos para esta campaña a principios de curso. 

Sin embargo, el también finalista de Copa del Rey no tiene un gran idilio con Gran Canaria y eso se traduce en unos registros en los que sólo han conseguido tres victorias en los catorce encuentros que han disputado en la isla redonda, siendo especialmente recordada una de esas noches que tienen un hueco especial en la memoria de una afición, la de la UD Las Palmas, que siempre sabe reconocer a aquellos que se dejan el alma y respetan por encima de todo la camiseta que les representa. 

La leyenda del matador devoró al Alavés

Las gradas atronaban cada vez que sus botas y su cabeza eran capaces de enviar el balón directo a la jaula. Su idilio con el gol hizo que toda la afición se enamorara de su fútbol rápidamente y por eso provocaba en el público sentía ese cosquilleo interno, esas mariposas en el estómago como un preludio de lo que podía ocurrir cuando el matador pisaba el área. Con unas cuantas noches de gloria a sus espaldas, Marcos Márquez se convirtió en un monstruo que no es que viniese a ver a los rivales, es que venía dispuesto a todo por una camiseta.

En una de sus noches de gloria, el sevillano saltó al campo con su hambre habitual y su víctima fue un Alavés que no iba a poder frenarle, que no iba a salir vivo. Marcos fue una pesadilla constante para los zagueros vascos y en apenas 13 minutos ya había perforado la portería en dos ocasiones, demostrando que tenía ese 'picorcito' de los goleadores rondándole por el cuerpo. Y Las Palmas aprovechó el empuje de Márquez para hacer retroceder a los vitorianos.

Eso sí, los amarillos no terminarían de cerrar el encuentro hasta la segunda mitad cuando un gol en propia puerta del defensa del Alavés, José Mateo, sumado a otro de Nauzet Alemán en la meta correcta darían por cerrado el triunfo grancanario. Márquez marcó una época vestido de amarillo gracias a su olfato goleador Pero Márquez seguía con ganas, no se cansó a la hora de seguir buscando goles y no dejaría de intentarlo como los buenos killers, encontrando el Hat-Trick cuando se alcanzaba la hora de juego. A partir de ahí, el encuentro ya no tuvo la misma tensión, aunque el Alavés recortaría distancias y un tanto de David González colocaría el sexto para los amarillos.

Más allá de lo anecdótico del resultado, más allá de cualquier recuerdo de ese partido, lo verdaderamente memorable es la figura de Marcos como jugador de la UD. En aquellos años de zozobra y de reconstrucción, el delantero fue la luz de una escuadra con historia que estaba iniciando un camino en el que debía encontrarse a sí misma.

Márquez era el galáctico de una época y de un tiempo complicado pero que evidencia de dónde viene Las Palmas y porqué está hoy donde está. Y ese espacio, por pequeño que sea, de la historia amarilla le pertenece a jugadores como el matador.